Sereno, calmado y humilde. Son palabras que se repiten cuando sus cercanos lo describen. Ganador de un Altazor el año pasado, Juan Domingo Marinello camina tranquilo por la vida. Si bien la fotografía es lo suyo, su vida ha transcurrido fuera de los flashes.
Es mediodía. En el sexto piso de la Facultad de Comunicaciones UC se abre la puerta del ascensor. Tres personas bajan rápidamente de él y otras dos se suben. Paralelamente, al lado se abre una puerta de madera. Sin que nada lo apure, Juan Domingo Marinello sale de la sala de profesores. “Me estaba tomando un café”, afirma. Delante de él hay un sillón de cuero negro. Se acerca a él. “Sentémonos aquí”, invita con voz calmada.
De barba y cabellera blanca, a sus 59 años su rostro transmite gran tranquilidad. Ésa de quien ya no tiene que demostrar nada a nadie. “Mi época de correr ya pasó”, reflexiona mirando las luces del ascensor.
Fanático de las conversaciones acompañadas de un café y un cigarro, el ganador del Altazor en Artes Visuales y Fotografía 2006, siempre supo lo que no quería ser. “Mi padre era funcionario del servicio de impuestos internos. Vivió toda su vida en una oficina. Inconsciente o conscientemente sabía que estar encerrado de ocho a seis no era para mí”, recuerda.
Algo que no ha cambiado hasta el día de hoy, como afirma Soledad Puente, amiga desde tiempos universitarios y colega de Juan Domingo Marinello: “Él no trabaja en lugares formales, juntarse en una mesa a sólo trabajar es imposible. Pero si le dices que nos vayamos a tomar un café trabajado va feliz de la vida”, comenta.
Su primer acercamiento a la fotografía fue gracias a un regalo de su padre: El pequeño óptico y fotógrafo. “Era muy entretenido, uno podía armar una cámara fotográfica y una proyectora. Eso sí, le faltaban algunas piezas. Me imagino que estaba más barato y por eso me lo compraron”, afirma esbozando una sonrisa.
Era el año 1966 y el joven Juan Domingo, recién egresado del colegio Los Hermanos Maristas, ingresaba a la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica. Fue ahí donde descubrió el amor por la fotografía. Dos de sus profesores eran reporteros gráficos y se fascinó con la vida que llevaban. “Ellos llegaban al diario y podían terminar en cualquier lado durante el día. Era la forma de vivir que más me acomodaba”, cuenta.
La calma es una característica reconocida por sus más cercanos, sobre todo por el menor de sus tres hijos, Jean Carlos de 20 años: “Mi viejo siempre ha sido así de tranquilo para las cosas. Por ejemplo, cuando chico me regalaba luca por cada rojo que me sacaba y mi mamá se enojaba con él (ríe). Se supone que así no me estresaba por las malas notas”, recuerda el estudiante de Ingeniería Comercial.
Pero la tranquilidad del fotógrafo también le ha traído algunos contratiempos profesionales, así lo recuerda Soledad Puente: “Cuando éramos estudiantes, un verano nos fuimos al norte con mi grupo y Juan Domingo, que era nuestro ayudante, para hacer un documental de las salitreras. Él era lo más impuntual que había. Llegaba tarde a todo. Nos habíamos conseguido grabar unas imágenes únicas. Ya estábamos listos pero él no aparecía. Y cuando apareció, llegó muy calmado”, cuenta la académica.
Tras ser ayudante de Bob Borowicz, obtuvo una beca en El Mercurio. Sin dudarlo optó por iniciar una carrera de reportero gráfico. Diario Stern (Alemania), revista Eva, Creces y Paula conocieron de su trabajo. En esta última llegó a ser jefe de fotografía e impuso el concepto del retrato fotográfico en la portada de la revista.
En 1985 comenzó a hacer clases en la Escuela de Periodismo UC. Hoy es profesor titular de la Universidad y tiene a cargo tres cursos de pregrado. Leopoldo Pizarro (42 años), quien conoció a Marinello hace un par de años tras realizar una exposición en el Centro de Extensión UC, afirma que una de las principales virtudes del académico es la generosidad con sus conocimientos: “Él, de forma natural, adopta la forma del maestro antiguo: Tranquilo, sin ansiedad. Es generoso, no tiene ningún problema en compartir sus conocimientos. Es más que un profe. Es un guía”, analiza.
Tras casi cuarenta años dedicado a la fotografía, Juan Domingo ha ganado múltiples premios, tanto en Chile como en el extranjero, donde destaca el Altazor el año 2006 y el Internacional Sony Japón de 1995. Reconocimientos que agradece, pero sin volverse loco. “Los premios son subjetivos y es un honor recibirlos, pero sólo eso es. Son importantes, pero no tanto como la gente cree”, asegura el fotógrafo.
Una humildad que siempre lo ha acompañado a lo largo de su vida, provocando situaciones que según Jean Carlos Marinello, nadie entendería. “Cuando ganó el Altazor fui a su casa a ver el premio. Yo estaba súper orgulloso de mi viejo. Y cuando llegué lo tenía para colgar unos gorros. Él es re humilde, pero así de verdad. Nunca se ha creído el cuento”, afirma el joven. Soledad Puente también está de acuerdo en este punto: “Juan Domingo está agradecido de lo que ha logrado, ojo que nunca ha dicho ‘lo merezco’. Siempre ha sido el tipo de la clase media que ha logrado cosas, pero todos esos logros se los deja para él. Le tiene susto a estar muy contento, dice que las desgracias llegan muy rápido y le tiene susto a eso”, cuenta la periodista.
No sólo las desgracias aterran a Marinello. “La esencia de la vida está en asombrarse” es una de sus máximas. El perder esta capacidad y volverse escéptico es el peor mal que le podrían desear. “El observar es descubrir cosas nuevas. Me encanta sentarme a tomar un café e inventar una historia de la gente que veo. Esa es la gracia. Salir a caminar y descubrir cosas, hoy lo hago ya sin cámara. Pero yo creo que uno tiene la capacidad mágica de asombrarse y hacer historias con eso”, reflexiona de forma pausada.
Hace seis años ocurrió un cambio en el ambiente de Marinello. Un cambio que nunca le gustó. La Escuela de Periodismo emigró desde el tranquilo Campus Oriente a la Casa Central en plena Alameda. “A él le gusta la tranquilidad y Oriente era perfecto. Dice que no le gusta Casa Central, que hay mucho ruido”, cuenta Jean Carlos, haciendo alusión a las variadas construcciones que ha sufrido el campus.
“Pero como te digo, si yo le digo que él es tristón, le gusta lo decadente, el cafecito tranquilo y que no haya ruido, él sueña con vivir en un pueblito en donde todos se junten en la plaza a conversar”, dice Soledad Puente.
Tres hijos, cada uno de una madre distinta. Dos ex-esposas y una ex conviviente. Su hijo mayor, Ítalo, de 28 años, vive en Talca. Juan Cristóbal, de 25, está en Europa haciendo un magíster. Y Jean Carlos llegó a Santiago hace dos años, tras haber vivido toda su vida en Antofagasta. Para Juan Domingo la gran deuda en su vida ha sido formar una familia, pero intenta ser un buen padre, aunque sabe que no ha sido un papá muy presente. “Si hay algo que es 100%, es que es un papá obsesivo. Pero nunca ha intentado imponer su cariño. Siempre está pensando en ellos. Yo le digo ‘llámalos, diles que vengan a verte’ pero él no quiere, porque dice que si los llama los va a molestar. Uno de sus grandes dolores ha sido eso, el no tener a sus hijos cerca”, cuenta Soledad Puente.
Desde que Jean Carlos volvió a Santiago, todos los domingos van a la Plaza de Armas en búsqueda de antigüedades. Juan Domingo y su hermano tienen una gran colección de “cosas viejas que ya no sirven”, asegura. Otro de sus pasatiempos es el fútbol. Hincha de Audax Italiano. En sus tiempos lo practicó y hoy disfruta ir a restoranes a ver los partidos. “No le gusta el estadio. Imagínate lo ruidoso que debe ser para él”, dice Jean Carlos.
Hoy ya no saca fotos profesionalmente, sólo toma proyectos y libros de largo aliento, muchas veces tomando el cargo de editor. De vez en cuando sale con su cámara. “Para no perder el gusto”, dice. Sus grandes trabajos siempre han sido la foto documental y la memoria patrimonial chilena. “La fotografía es lo único que permanece a lo largo del tiempo. Chile es un país que se ha transformado muy rápido. Lo único que queda es la foto”, afirma.
En Chile las escuelas de fotografía son algo reciente, por lo tanto los referentes no son muchos y es aquí donde Marinello es un punto de partida para muchos. “Él es un gran aporte de lo que ha sido la fotografía chilena, sobre todo con el fotoperiodismo. No me refiero al fotógrafo de barricada, sino que impone una reflexión del punto de vista cultural. Y además con un grado de análisis académico de aquello. Todo, en un país donde no hay investigación con la fotografía”, dice Jorge Ramos, director de la Escuela de Fotografía de la Universidad ARCIS.
Para la historiadora y crítica de arte, Natalia Arcos, el aporte de Marinello es variado: “Por una parte es un formador de muchas generaciones. Además, dio un gran espacio para la difusión de la fotografía. Y ha impuesto conceptos como la fotodigrafía [ver recuadro 1] que son herramientas que normalmente su generación no practica. Él es uno de los íconos de la fotografía chilena”, explica la experta.
En cuatro años se retirará de la labor académica. Tiempo que queda para concretar algunas de las metas profesionales que se ha propuesto. “Siempre hay un próximo proyecto. Mi meta es la que ha ido y venido. Dejar en la mejor posición que pueda a la fotografía. Ha costado mucho convencer que es un lenguaje y en Chile, esas cosas son tareas pendientes. Siempre es bueno dejar tarea pendiente”, afirma con tono lento y pausado. Un tono de satisfacción.
RECUADRO 1
La Fotodigrafía es una técnica donde las fotos analógicas son intervenidas digitalmente para transmitir ciertos conceptos.
“La fotografía es un testimonio honesto de la realidad. La fotodigrafía te permite incluir gente donde no había por ejemplo, sin que eso sea engañar al espectador. Nombrarlo de forma distinta es evitar el problema de qué es trampa y qué no”, afirma su creador.
Julio 15, 2008 a las 5:56 am
El pequeño óptico y fotógrafo estoy buscando este
manual